Autolesiones no Suicidas en Neurodivergentes: Entendiendo sus Orígenes

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Autolesiones y autismo

Hablar de autolesiones no suicidas en personas neurodivergentes —como quienes están en el espectro autista, tienen TDAH u otras formas de procesamiento neurológico diferente— requiere una mirada más amplia y comprensiva. Estas conductas suelen ser malinterpretadas. A menudo se piensa que quien se autolesiona busca llamar la atención, pero en realidad, en la mayoría de los casos, se trata de una forma de regular emociones o sensaciones que resultan difíciles de manejar.

Las personas neurodivergentes pueden experimentar el mundo de una manera más intensa: sienten más profundamente, perciben más estímulos y, en ocasiones, tienen dificultades para identificar, expresar o modular lo que sienten. Cuando la carga emocional o sensorial se vuelve abrumadora, el cuerpo puede buscar formas automáticas de restablecer cierto equilibrio. En ese contexto, la autolesión puede aparecer como un intento de encontrar alivio frente a un malestar que parece imposible de poner en palabras.

Desde la neurobiología, este fenómeno tiene una explicación. Al producirse un dolor físico, el cuerpo activa su sistema de analgesia endógeno, que libera opioides naturales —sustancias que actúan como analgésicos internos—. Estos compuestos generan una sensación momentánea de calma y alivio, reduciendo la tensión emocional o sensorial. Es un mecanismo automático, no una decisión racional.

El problema es que los opioides endógenos forman parte del sistema de recompensa del cerebro. Eso significa que el alivio que la persona siente tras la autolesión es interpretado por el sistema nervioso como algo “positivo”, lo que puede llevar, de manera inconsciente, a repetir la conducta en momentos de estrés o sobrecarga. No porque la persona quiera lastimarse, sino porque su cuerpo ha aprendido que ese acto alivia temporalmente un sufrimiento difícil de sostener.

En las personas neurodivergentes, esto puede combinarse con otros factores: hipersensibilidad sensorial, alexitimia (dificultad para identificar y describir emociones), impulsividad o falta de estrategias adecuadas para la autorregulación. Todo esto puede aumentar la vulnerabilidad frente a conductas autolesivas, especialmente en contextos de incomprensión, rechazo o sobreexigencia.

Por eso, es fundamental comprender las autolesiones no como un acto de manipulación, sino como una forma de comunicación y autorregulación ante una sobrecarga emocional o sensorial. En lugar de juzgar o castigar, se necesita acompañar desde la empatía, ayudando a la persona a construir formas más seguras y efectivas de calmarse.

La intervención psicológica puede centrarse en desarrollar habilidades de regulación emocional, en reconocer los primeros signos de sobrecarga y en crear entornos más predecibles y amables. También es importante promover una cultura de comprensión de la neurodiversidad, donde las diferencias en la forma de sentir y procesar el mundo sean reconocidas y respetadas.

Comprender que detrás de una autolesión hay un intento de aliviar un sufrimiento —y no una búsqueda de atención— es un paso esencial para ofrecer apoyo real. En las personas neurodivergentes, ese apoyo pasa también por adaptar las estrategias a sus modos de sentir, pensar y relacionarse. Hablar de esto sin estigmas, desde la ciencia y la empatía, es una forma de construir espacios donde el dolor se pueda nombrar sin tener que hacerlo a través del cuerpo.

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