A veces, desde fuera, parece un misterio. ¿Cómo es posible que una persona que sabe lo que tiene que hacer, que incluso quiere hacerlo, simplemente no lo haga? Esta situación es común en personas neurodivergentes, como aquellas con autismo o TDAH, y tiene explicaciones científicas que aún son poco conocidas fuera del ámbito clínico o académico.
Saber algo no siempre significa poder hacerlo. Esto puede parecer extraño, pero en realidad tiene que ver con cómo funciona el cerebro. Las personas neurodivergentes pueden enfrentar algo llamado parálisis ejecutiva o inercia cognitiva. Son términos que describen una dificultad para iniciar o cambiar una acción, incluso si la persona tiene la intención de hacerlo. No es pereza ni falta de motivación, sino un desajuste entre el pensamiento y la acción. La persona puede tener muy clara la tarea, saber por qué es importante e incluso querer hacerla… pero su cuerpo o mente simplemente no responden.
A esto se suma otro fenómeno muy frecuente: la sobrecarga sensorial o emocional. Cuando el entorno es muy estimulante, impredecible o demandante, el cerebro de una persona neurodivergente puede entrar en un estado de saturación. Es como si se encendieran demasiadas alarmas al mismo tiempo: luces, ruidos, emociones, expectativas, pensamientos. En ese estado, el sistema nervioso prioriza sobrevivir antes que actuar, lo que puede llevar a la inmovilidad o al bloqueo.
También hay que considerar la fatiga ejecutiva. El día a día puede requerir un enorme esfuerzo mental para quienes necesitan traducir continuamente las reglas sociales, gestionar sus emociones, regular sus sentidos o adaptarse a un mundo que no siempre les comprende. Esta fatiga no se ve, pero pesa. Y cuando aparece, tareas que parecen simples —como responder un mensaje, preparar una comida o salir de casa— pueden sentirse como escalar una montaña.
Por eso es importante dejar de interpretar estos bloqueos como falta de interés o de esfuerzo. La ciencia nos muestra que muchas veces lo que se necesita no es “más fuerza de voluntad”, sino más comprensión del entorno, apoyos adecuados y menos exigencia de normalidad. Cambiar la pregunta de “¿por qué no lo hace?” a “¿qué necesita para poder hacerlo?” puede ser el primer paso hacia una verdadera inclusión.

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